Aunque carezco de evidencias que respalden que mi ex me haya traicionado, solo anhelo que ella sea la persona que imagino, uno de los escasos baluartes de la bondad, lealtad y fidelidad humanas. Espero, por el bienestar de mi alma, no desilusionarme.
Por eso, mientras persista en esta creencia, estaré dispuesto a entregar mi ser por aquellos que realmente lo merezcan, por quienes sean dignos de esa entrega. Tal vez sea mi forma de redimir las sombras de mi propio ser.
viernes, 3 de enero de 2025
Nuevo año, nuevos dramas.
El año ni siquiera ha comenzado y ya me he visto envuelto en una situación que jamás imaginé.
Aunque debo admitir que he aprendido a ver las cosas desde otra perspectiva, por más negativas que hayan sido.
De todos modos, no creo que haya algo peor que lo que ya he vivido; todo es experiencia, y esa manera de pensar me reconforta.
Qué forma tan peculiar de recibir el año nuevo, en un calabozo, prisionero por 24 horas.
Todo por un arranque impulsivo, por agredir a mi pareja al descubrir mensajes de su ex. No eran insinuaciones flagrantes, pero al ser siempre el mismo ex, mi mente voló hacia lo peor.
El mero hecho de ver que aún había contacto fue razón suficiente para actuar de esa manera; no necesitaba más pruebas.
Dos celdas oscuras, adornadas con rayones en las paredes, testigos de otros que, como yo, habían sucumbido a sus propios errores o, tal vez, eran solo víctimas de sus impulsos.
Un agujero, una especie de retrete sin higiene, que emanaba el putrefacto olor de orina; al cual me acostumbré, pues no había alternativa.
El suelo helado de la celda era mi lecho improvisado, y el repulsivo aroma a orina, mi cobertor.
Otros tres prisioneros habitaban mi ‘suite’, cada uno con su propio relato, con deudas que saldar y cicatrices que contar. Sin más alternativa que entrelazar nuestras historias, nos uníamos en el azar del destino, compartiendo no solo un espacio, sino las razones ocultas que nos habían llevado a cruzar caminos tan inesperados
Las horas pasaban entre trámites que no entendía, pero que poco a poco fui aprendiendo.
Regresaba de mis exámenes biométricos, con las manos esposadas, viajando en un patrullero junto a otro detenido, mi cabeza descansaba pesadamente sobre la ventana. En medio del amanecer, observaba cómo otras personas continuaban sus vidas, inmersas en sus propios problemas y dramas, ajenas a la jaula de pensamientos y circunstancias que yo ahora habitaba, me detuve a pensar si alguna vez imaginé estar en esa situación. Reflexioné sobre lo absurdas que son algunas circunstancias, sobre cómo la vida nos pone en escenarios que jamás pensamos protagonizar, pero que, en el fondo, deseamos, pues de eso se trata vivir: experimentar lo bueno y lo malo por igual. Tras pensarlo, ya no me sentí tan mal. Al menos podía decir que fui detenido y tenía una nueva anécdota que añadir al repertorio, además de que había aprendido algo sobre protocolos policiales.
Luego regresé a mi celda, donde ya estaba mi pareja, y finalmente mi deseo se hizo realidad: estábamos los dos, solos, en un calabozo, con la esperanza de salir pronto. A medida que el tiempo pasaba, nos resignamos a la idea de pasar un día más allí.
Tras horas de hablar con mis pensamientos, esta vez quería hablar con una persona, pero no sabía si ella estaría dispuesta.
El tiempo continuó su marcha, mientras luchaba entre mi orgullo y mis emociones. Tras un breve y pesado duelo interno, insistí un poco más, y finalmente, cedió a hablar. Era como si el universo hubiera determinado que ese era el momento para que hiciéramos las paces. El único testigo de nuestra conversación era el insoportable hedor de orina que impregnaba el aire.
Tras nuestra cita tan inusitada, con una vista maravillosa a los grafitis de la pared, un olor peculiar que nos envolvía con su manto, solo faltaban un par de copas para que sea una escena de disney, y luego de una extensa charla en la cual parecía que ya no había más que decir, el destino volvió a intervenir. Contra todo pronóstico, nos informaron que ya nos íbamos.